Publicado originalmente en El Diario de Hoy el 22 de febrero de 2019

En los experimentos clásicos con ratones hay tres factores que inducen agresividad: espacio, familiaridad y recursos. Por ejemplo, dos ratones machos con abundantes recursos a su disposición tenderán a tener menos peleas que dos machos con recursos limitados. La familiaridad del oponente también reduce la agresividad; por ejemplo, si dos ratones no se ven, no comparten espacios, no hay manera de identificarse unos con otros, estos ratones tenderán a tener más peleas que dos que de alguna manera estén más familiarizados unos con otros. Dos ratones encerrados en un metro cuadrado tenderán a tener menos peleas que dos ratones encerrados en 20 centímetros cuadrados.

Un análisis poblacional más amplio de algunas especies de roedores nos dice que existe un control intraespecífico para mantener la población en un nivel donde se minimice la agresión. Por ejemplo, si la ratonera (grupo de ratones de una población) tiene escasez de alimentos, sobrepoblación o demasiados “líderes” (machos dominantes), las hembras se negarán a reproducirse, hasta que las condiciones ambientales cambien. Los lemmings sufren descensos poblacionales drásticos cada 4 años, se ha vuelto un comportamiento cíclico. Cuando no existen patrones intraespecíficos que regulen las poblaciones son factores externos los que regulan una población.

El Salvador se ha convertido en una ratonera. Vivimos en un tremendo experimento. Tenemos recursos limitados. No cabemos más en las ciudades y cada vez vivimos más detrás de un muro. Es evidente la agresividad que se desata en las carreteras, la agresividad con la que nos relacionamos con nuestros vecinos. Son evidente los signos de agobio y encierro en el que vivimos.

Nosotros no somos ratones, somos seres más desarrollados. Está sensación de agobio no debería de transformarse en agresividad. Tenemos nuestra inmensa capacidad de nuestra vida espiritual que nos ayuda a sobrellevar nuestros impulsos más básicos. Pero a pesar de esto, si no logramos atender estos tres factores, nuestra sociedad seguirá viviendo como en una ratonera.

Necesitamos botar los muros, no podemos seguir viviendo con miedo de nuestros vecinos, no podemos seguir viviendo a escondidas del resto de ciudadanos. Necesitamos espacios de convivencia, parques como el Cuscatlán debería ser la corazón de la ciudad, espacios donde nos podamos ver la cara, saber quién nos rodea, donde no tengamos nada que esconder porque no hay nada que esconder, solo así recobraremos la confianza que nos permita salir de la ratonera.

Necesitamos mejorar nuestro espacio; esto significa que hay que tener un programa intensivo de recuperación de barrios. No es posible que en El Salvador la gente viva sin las condiciones mínimas de higiene. No hay desarrollo por tener televisor; hay desarrollo por tener techos firmes, piso y un baño decente, con iluminación en las calles de acceso, limpio, sin excremento de animales o cerros de bolsas de basura. Necesitamos espacios en las carreteras, necesitamos inversión pública para la movilidad. Hay que hacer las concesiones públicas necesarias para que tengamos un sistema de transporte eficiente. Necesitamos un metrobús de verdad. Tenemos una inversión millonaria botada en Soyapango.

Necesitamos proveer los recursos que el país necesita, agua abundante y para todos, comida de calidad y nutritiva. No por designio presidencial, sino como incentivos en la dirección correcta. Necesitamos incentivar la producción agrícola de calidad, la producción de alimentos nutritivos y la educación alimentaria.

Hay que romper el ciclo de la violencia, no tratemos los síntomas y no el origen de la enfermedad; si no, acostumbrémonos a vivir en nuestra querida ratonera.

Rodrigo Samayoa Valiente es un profesional en sostenibilidad empresarial. Consultor/Speaker en Sostenibilidad ambiental y Gobernanza corporativa. Puedes encontrar más información del autor en http://samayoavaliente.com/